La política son gestos, supo decir un ex ministro tucumano; una afirmación que muchos suscribirían sin dudar. Los últimos dos meses del año que se fue hace pocas horas dejaron decenas de frases y de reuniones, muchas de ellas políticamente correctas, producto de la hora temprana de los nuevos ciclos. Algunos gestos estuvieron directamente relacionados con el discurso de cambio que trajo el nuevo Gobierno nacional, otros respondieron al antiguo esquema de confrontación política, y otros simplemente se dedicaron a decir aquí estoy yo, una forma de tratar de demostrar desde el vamos que sus gestiones tendrán una impronta propia, diferenciándose de todos, y de todas.
Los gestos siempre evidencian fortalezas y debilidades; y aquellos que los provocan intencionalmente lo que menos quieren es mostrarse en la segunda condición; especialmente cuando acceden a espacios de poder significativos. En la Nación y en la Provincia llegaron nuevos inquilinos a los escritorios de las lapiceras poderosas. Seguir sus pasos, mirar sus poses y atender sus dichos en tiempo real es materia obligatoria para descifrar a quién o a quiénes están dirigiéndose en cada caso. Por ejemplo, antes de los comicios del 23 de agosto y después de que se verificó su triunfo electoral, Manzur decía yo no soy José. El mensaje era claro, de fuerte contenido, y tenía destinatarios internos y externos al oficialismo; apuntaba a fijar claras diferencias en cuanto a que su administración llevaría su propio sesgo y firma y que, además de continuidad política, habría cambios de gestión y de modos. Era un paso inevitable, necesario. Parte de un capítulo clave del manual de conducción política.
El miércoles, el gobernador se refirió a su antecesor como nuestro conductor político. Lo dijo en su presencia, en el brindis de fin de año. Entre aquella diferenciación necesaria y este correcto agradecimiento público hay mucha tela para cortar. Especialmente cuando, antes de levantar la copa de la amistad, Manzur había firmado una tregua con La Bancaria, el gremio que le hizo la guerra a Alperovich en el mismo sentido con el que el cartaginés Aníbal le juró odio eterno a los romanos. El mandatario se sacó de encima un posible conflicto diciéndole a los bancarios que él no es José. Fue una medida inteligente, ni vencedores ni vencidos, apuntó un dirigente bancario. En los gestos, para los sindicalistas enemigos de Alperovich hay “otro” conductor en la provincia. Manzur, sólo en esta relación parece coincidir con la apreciación gremial al decir, con este pacto, el nuevo jefe político soy yo. ¿Conflicto en puerta en el oficialismo? Es temprano.
El senador nacional también se vistió de correcto al referirse a su sucesor. Lo que quiera Manzur, lo va a tener, dijo, negando una interna en el PJ. Por ahora no, pero en los meses por venir también va a ser inevitable la crisis por el poder interno, al ritmo del reacomodamiento que debe atravesar el peronismo a nivel nacional tras la dura derrota del 22 de noviembre.
El proceso de reorganización del partido del anterior Gobierno nacional arrastrará a los ahora socios a una nueva partida para redefinir nuevos papeles y nuevos espacios de poder. Hay liderazgos que no se pueden compartir. La presidencia del PJ local, ahora en manos de Beatriz Rojkés, puede ser la moneda de cambio, o de disputa. Ambos coinciden en mirar de reojo al kirchnerismo residual que, con gestos elocuentes, se plantó desde el inicio del nuevo ciclo gubernamental en contra del nacimiento y la consolidación del macrismo como nuevo foco de poder.
Ni Manzur ni Alperovich, por ahora, han dado señales de que vayan a acatar las directivas de Cristina, las que siguen a pie juntillas los camporistas. Ambos -aunque más el titular del Poder Ejecutivo que el congresista- se han mostrado proclives a tender la mano al Gobierno nacional. Sin embargo, ese acercamiento es más por necesidades políticas y económicas, y de ambas partes. Macri, pese a que ha entrado en una especie de enamoramiento por la firma de decretos, requiere de acuerdos parlamentarios con todos aquellos opositores que tengan una cuota de poder para garantizar la gobernabilidad en su gestión. Habló de diálogo y de consenso, la mitad más uno del país votó por eso, por lo que además de construir poder del modo que más le plazca -DNU, por ejemplo- también debe enviar señales en el sentido de los compromisos asumidos.
Los propios gobernadores peronistas le enrostran su perfil dialoguista como estrategia propia para exigirle acuerdos en materia de coparticipación. Precisamente, la distribución de la masa coparticipable -para que nadie quede disconforme con el resultado final- exige de un gran convenio político, el que debe ser ratificado en el Parlamento. Allí donde, justamente, la gestión nacional, no es mayoría. Consenso obligado para administrar con tranquilidad. De concretarse sería un gesto de grandeza y de desprendimiento que irá más allá de las formas para avanzar sobre el contenido. Por el momento, muchos han respetado las formas, aunque algunos se han mostrado más duros con el adversario, convencidos de lo que dicen.
Un gesto de la Nación con la Provincia fue, por ejemplo, prorrogar hasta marzo los programas sociales “Argentina Trabaja” y “Ellas Hacen” que, en Tucumán, benefician con un ingreso mínimo a casi 25.000 personas sin trabajo. Fue una forma de evitar que le estalle un conflicto social al Ejecutivo local, ya que de haber cesado estos dos planes el 31 de diciembre, habría habido miles de desocupados nuevos en la calle. El poder central le extendió la paz social, tanto a los que reciben el subsidio como al Gobierno, y por tres meses. Y como beneficio por beneficio se paga; el Gobierno nacional -en donde algunos miembros supieron acusar a los programas de ser una cobertura social que disfrazaba el clientelismo político- recibió elogios de la gestión peronista provincial, desde donde algunos dirigentes supieron sacar provecho electoral del manejo de cooperativas de trabajo armadas bajo el paraguas de los planes nacionales.
Claro, como esa imagen molesta a uno y a otro -a uno por cuestionarlo siendo opositor y ahora mantenerlo desde el poder y al segundo por usufructuarlo y ahora avergonzarse por haberlo explotado políticamente-, es que en el acto de anuncio de la prórroga de los programas no estuvo ninguno de los dirigentes territoriales que aprovechaban estos planes que les bajó el kirchnerismo. No se observó a legislador, concejal o funcionario que haya manejado estas cooperativas y a cuyos miembros les ponían camisetas con sus apellidos para hacer proselitismo con los recursos del Estado. ¿No fueron invitados? ¡No hubo pancartas políticas! Tal vez vale como imagen la fugaz presencia de un ex parlamentario capitalino por el Salón Blanco: llegó, miró a los presentes, no vio a ninguno de sus ex compañeros y optó por abandonar prontamente el recinto. Captó el mensaje.
Lo real es que no estuvieron; todo un gesto para mostrar que algo cambió o que cambiará. Gesto, por ahora. Pero, no es menor que el Salón Blanco haya estado desbordado de presidentes de cooperativas y que el ministro de Desarrollo Social haya dicho que no habrá más pecheras con identificaciones políticas, como ocurría en cada plaza o espacio público. A estar atentos al desenlace de esta situación interna.
Este idilio platónico durará hasta que el Congreso empiece a funcionar y cuando el Gobierno nacional tenga que dejar los gestos atrás y gestionar tomando decisiones que vayan más allá de las formas. Y en la redistribución de los recursos lo que se le saca a uno se le da a otro. ¿A quién privilegiará? ¿Mantendrá los programas como una herramienta de tranquilidad social? ¿Optará por otro tipo de subsidios? ¿Tratará de generar otra clientela, tal vez amarillo macrista, implementando nuevas iniciativas que atiendan a los desocupados? En menos de 90 días, el Gobierno nacional deberá explicar qué hará para combatir la desocupación y que sucederá con los planes sociales para los sin trabajo. Allí empezará el verdadero cambio.
Gestos también fueron, en el marco de guardar las formas y de mostrar que son respetuosos de lo que exige la sociedad, las reuniones de ex rivales en las urnas; entre Manzur y el radical Cano y entre el gobernador y el intendente Alfaro. El ex candidato a gobernador por el Acuerdo por el Bicentenario prefirió el cargo ejecutivo, que lo obliga a sentarse al lado de su rival electoral para acordar beneficios en materia de obras públicas para Tucumán, antes que seguir en la banca de Diputados, desde donde podría haber seguido diferenciándose de Manzur desde la crítica parlamentaria. Como lo venía haciendo.
El viento político, que empuja a la dirigencia al diálogo y al consenso, le permite acercarse al gobernador desde ese nuevo rol. No le debe resultar simpático, ni caer agradable abrir el diálogo y blanquear institucionalmente a quien acusó duramente, y no sólo en campaña. A Manzur, en cambio, le viene bien el traje. Le conviene. Aplaudió a Macri cuando asumió, todo un gesto de reconocimiento político; y de admisión tácita que va a necesitar de la Nación. Hay que hacer buenas migas con el que detenta el poder. Alperovich se cansó de decir que Tucumán recibió lo que recibió de la Nación -a su criterio, mucho- porque se llevaban bien con los dueños del poder central. Manzur atiende esa lógica. Gestión primero, política interna después.
Así se podrían encuadrar algunas conductas, especialmente en un año desprovisto de elecciones, las que suelen distanciar hasta en niveles personales a la dirigencia. Casualmente, a partir de las denuncias electorales de 2015, es que constituyen todo un gesto hacia la sociedad las iniciativas impulsadas para una posible reforma política. Cuando el Gobierno nacional reciba en algunas semanas a los ministros de Gobierno provinciales, Tucumán mostrará que ya caminó en este aspecto, y que lanzó su propuesta de Diálogo Político tendiente a modificar la legislación electoral.
Es un buen síntoma, un buen gesto desde el Gobierno; aunque debería complementarse con otras propuestas tal vez difíciles de encarar desde el poder porque hacen al control de sí mismo. Por ejemplo, la transparencia en el manejo de los recursos del Estado. Los fondos públicos no pueden beneficiar a unos pocos que usufructúan de espacios de poder en las gestiones nacional, provincial o municipal. Hay deficiencias en el sistema de control. Peor aún, hay mecanismos de control que apañan el desvío de dineros públicos directamente al bolsillo de los políticos.
¿Cómo van a alterar este esquema los propios beneficiarios? Es una duda razonable. Constituiría todo un gesto de grandeza tomar una iniciativa en esa dirección. Difícil. Tal vez para algunos eso sea demasiada generosidad y prefieran quedarse en las formas y no avanzar en el contenido. Como dijo un familiar de una víctima de la tragedia de Once, la corrupción mata. Y cuando no sepulta vidas, enriquece a los más vivos. O sinvergüenzas.